El ser humano siempre ha buscado alcanzar la felicidad. Aún no conozco a nadie que piense lo contrario; de hecho, se trata de un reflejo de la evolución que ha permitido que nuestra especie sobreviva. Sin embargo, han sido muchisimos los análisis y estudios que durante todo este tiempo han tratado de definirla sin éxito.

Fueron los antiguos pensadores griegos los primeros que buscaron una respuesta. Ser feliz es autorrealizarse, alcanzar las metas propias de un ser humano. “La parte mejor del hombre es la razón o como quiera que llamemos a aquella parte de nosotros que por naturaleza parece ser la más excelente y principal, y poseer la intelección de las cosas bellas y divinas; pues la razón es o algo divino o, ciertamente, lo más divino que hay en nosotros. Por tanto, su actividad -según la capacidad que le es propia, será la felicidad completa”. Que me perdone Aristóteles, pero me parece una definición demasiado vinculada aún a una época en la que la felicidad se veía como un regalo de los Dioses. Aunque no le falta parte de razón.

Aún peor es lo de los Romanos, que durante muchos años relacionaron la felicidad con el preciado símbolo del phallus.

Mural de Mercury en Pompeii

Mural de Mercury en Pompeii

Vamos a saltarnos unos cuantos años, con permiso de la Ilustración, cuna de la concepción moderna de la felicidad  basada en la propiedad privada, la libertad y la igualdad, para llegar a las definiciones más contemporáneas. Una de las más adoptadas en la actualidad se construye a partir del vínculo de felicidad y flujo. Es la llamada Teoría del flujo, de Csikszentmihaly. Alguien está en estado de flujo (“es feliz”) cuando está completamente involucrado en una actividad por sí misma, por su valor intrínseco. Cuando se está en flujo “el ego desaparece. El tiempo vuela. Cada acción, movimiento y pensamiento sigue inevitablemente al anterior, como cuando se toca jazz. Todo tu ser está involucrado y usas tus habilidades al máximo”.

Esto está muy bien, pero no es suficiente. Fifty.

Nos estamos olvidando de algo básico. La química y genética de la felicidad. Existen  algunas sustancias quimicas, como las endorfinas, cuya segregación  produce entusiasmo y carga vital, un estado de bienestar que mejora el humor y reduce el dolor. No parece descabellado entonces pensar que sean estos neurotransmisores los principales responsables de los estados de bienestar y que la genética tenga un papel muy importante, incluso esencial, en la consecución de la felicidad. David Lykken, genetista conductural y profesor de psicología de la Universidad de Minnesota, ha demostrado que “la variación genética representa entre 44 y 55 por ciento de la diferencia entre niveles de felicidad“, según estudios realizados entre más de 1.000 gemelos y mellizos. Esto si me convence algo más, la felicidad en la vida está fuertemente influida por los genes que tenemos al nacer.

Felicidad? Fifty Fifty. Estado de flujo + Genética.

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